Un breve contexto:
Este ensayo y las comparaciones en él se dieron gracias a un club de literatura del cual formé parte. Elegí leer La Odisea simplemente por ser el típico clásico del que todos conocen, aunque sin saber bien de en que me estaba metiendo. En esta misma época estaba terminando la saga griega de God Of War y comenzando la saga nórdica, por lo que hacer una comparación entre ambas historias se volvió un chiste local; chiste que escaló hasta convertirse en mi ensayo final de la clase de literatura.
Este es el contexto en que fue escrito este texto. Recomiendo tener conocimientos básicos de La Ilíada y La Odisea, así como tambien haber jugado la saga griega de God Of War y al menos el primer juego de la saga nórdica.
Regresión vs. Redención: Un Análisis de Odiseo y Kratos
- Introducción
En el siglo VIII a. C., Homero puso las bases de casi toda la narrativa occidental con dos poemas épicos que siguen siendo importantes hasta hoy. El primero, La Ilíada, muestra al héroe desde la mēnis (furia) y el kleos (gloria). Su mejor ejemplo es Aquiles, un guerrero que practicamente vive impulsado por esa furia, casi como si fuera un tipo que se deja ir contra el mundo sin pensar. Ese mismo tipo de héroe aparece todavía en personajes modernos, como Kratos en la saga griega de God of War: alguien hecho de rabia, impulsividad y venganza, convencido de que destruir lo que le duele es la única forma de seguir, aunque eso incluya arruinar su propio hogar en el Olimpo.
La Odisea, en cambio, parece hablar de otra clase de héroe. Aquí no gana el más fuerte, sino el más astuto (metis), y su meta ya no es la gloria, sino el nostos, o sea, el regreso a casa, que es un viaje difícil y hasta doloroso. Es un heroísmo más íntimo, más humano, que tiene que ver con sobrevivir y con cuidar a la familia. Esto encaja curiosamente con el Kratos de la etapa nórdica (God of War 2018): un padre que intenta controlar su furia, no para borrarla, sino para que no afecte a su hijo. Homero parece sugerir casi un cambio: del héroe que actúa sin pensar al héroe que se detiene, observa y piensa mejor sus pasos.
Pero la masacre final en Ítaca demuestra que ese cambio no se logra del todo. Odiseo vuelve a caer en la furia de Troya, en esa mēnis que se suponía que ya había dejado atrás. Y ahí es donde contrasta con Kratos, que sí decide enfrentar y aceptar su propia furia para poder avanzar como padre. Esa diferencia es lo que guía el análisis que voy a desarrollar.
- La construcción del Héroe de la Metis.
Para que se note de verdad este cambio del héroe de la furia al héroe de la astucia, Homero dedica casi todo el viaje de Odiseo a formar este nuevo ideal. En La Odisea, el protagonista no sobrevive por ser fuerte, sino por su metis, esa inteligencia que aparece justo cuando hace falta. Ya no lo mueve la gloria, sino el nostos, o sea, volver a casa, y ese deseo es lo que cambia por completo la forma en que actúa. El ejemplo más claro es cuando rechaza la inmortalidad que le ofrece Calipso. Un héroe de La Ilíada, guiado por el kleos, habría aceptado sin pensarlo, pero Odiseo decide regresar, aunque eso signifique seguir siendo mortal.
Ese deseo de volver lo obliga a confiar en su cabeza en situaciones donde la fuerza no sirve para nada. La escena con el cíclope Polifemo es la más conocida: Odiseo y sus hombres están atrapados por un ser que es basicamente pura fuerza bruta. Un Aquiles, o incluso un Kratos de la era griega, se habría lanzado a pelear y ahí quedaba. Odiseo hace lo contrario: lo emborracha, se hace llamar “Nadie” (Outis) y lo deja ciego en vez de matarlo, porque entiende que si lo mata, nadie va a poder mover la roca que tapa la salida. Cuando el cíclope grita “¡Nadie me está hiriendo!”, es difícil no verlo como una victoria del ingenio sobre un mundo que solo respeta el poder físico.
La metis de Odiseo no es solo improvisación; también es planeación. Con las Sirenas, por ejemplo, él sabe que no puede confiar en su propia fuerza de voluntad, así que prepara todo antes: la cera para los oídos de sus hombres, las cuerdas del mástil bien amarradas, y la orden de no soltarlo aunque él lo pida. Así puede escuchar el canto sin caer en él, como si quisiera entender el peligro sin dejarse arrastrar. No es solo astuto, también es disciplinado.
Este ideal de la metis llega a su punto más alto cuando por fin vuelve a Ítaca. En vez de aparecer como un héroe glorioso, se disfraza de mendigo. Parece raro, pero tiene lógica con el tipo de héroe en el que se ha convertido: alguien paciente, calmado, que observa primero y actúa después. Aguanta insultos en su propia casa, evalúa quién le fue leal y quién no, y respira hondo cuando cualquiera ya hubiera explotado. Aquí, Odiseo deja de ser el saqueador de ciudades para volverse alguien que aprendió a esperar, alguien que intenta arreglar su hogar sin convertirlo otra vez en un campo de batalla.
- La Tensión del Guerrero.
Todo este camino para construir al héroe de la metis no es algo recto ni limpio; más bien parece una pelea interna constante contra la mēnis que todavía define a Odiseo como guerrero. El conflicto real de la historia no son los monstruos ni los dioses, sino esa tensión entre el hombre que fue en Troya y el padre que intenta ser ahora en Ítaca. Odiseo sabe pensar, pero también sabe matar. Sabe aguantarse, pero tampoco olvida la violencia que antes lo salvó más de una vez. Su viaje es básicamente una negociación continua entre el control y el impulso, entre el mendigo calmado y el saqueador de ciudades, entre la metis que quiere practicar y la mēnis que nunca se va del todo.
En God of War (2018) pasa algo muy parecido. La crisis de su nostos obliga a Kratos a admitir algo que evitó por años: que su control no es suficiente. Para proteger a su hijo, tiene que volver al pasado que enterró y sacar otra vez las Espadas del Caos, que son la forma más pura de la furia que había jurado dejar atrás. Y aun así, ese regreso no es una caída, sino una especie de integración trágica: aceptar que la mēnis sigue ahí, que es parte de quien fue, pero que ahora puede usarla para otro fin. No para destruir, sino para proteger.
La figura de Atenea en God of War hace este conflicto todavía más intenso. En la saga griega, ella no actúa como una guía sabia, sino como una presencia vengativa, manipuladora y obsesionada con el poder. Cuando aparece en God of War III reclamando la esperanza para sí, o cuando vuelve como visión en God of War (2018), no representa sabiduría, sino esa parte de Kratos que más teme seguir cargando. Es una mēnis disfrazada de razón. Su presencia recuerda constantemente el pasado violento que él intenta controlar y que no quiere repetir.
Esa aceptación del pasado violento es justamente la misma crisis que enfrenta Odiseo al llegar a Ítaca. Su plan basado en la metis (disfrazarse de mendigo, observar en silencio, soportar humillaciones que cualquier rey habría castigado) lo obliga a ver de frente cómo está su hogar. Y esa pelea entre el control que quiere mantener y la furia que quiere salir se vuelve el centro de todo. Para proteger lo que ama, Odiseo también debe desenterrar sus propias “Espadas del Caos”: su identidad como saqueador, como hombre de guerra. Esa herida interna es lo que da forma a su clímax.
- La Antítesis
El clímax en Ítaca, que al principio parecía ser el triunfo de la metis de Odiseo, termina mostrando lo contrario: una regresión total hacia la mēnis. El héroe del nostos no restaura su hogar ni vuelve como el hombre paciente del viaje, sino como el guerrero de La Ilíada, el saqueador que se suponía que ya había dejado atrás.
La famosa “competencia” del arco, que parece una prueba justa o un momento simbólico, en verdad está pensada como una emboscada. Odiseo no usa la astucia para evitar la violencia, sino para hacerla más eficaz. Su metis (el disfraz de mendigo, las órdenes a Telémaco para esconder las armas, su dominio del arco) no sustituye la furia: la vuelve más precisa. En cuanto la flecha atraviesa las doce hachas y “gana” la prueba, toda la fachada de paciencia se cae. Lo que sigue no es justicia, sino una eliminación sistemática. Los pretendientes están atrapados y desarmados, y Odiseo actúa con una frialdad que no deja espacio a dudas.
La verdadera señal de esta regresión no se ve en los pretendientes, sino en cómo trata a los sirvientes que traicionaron. Ahí la violencia ya no tiene ninguna justificación. Melantio es mutilado de forma brutal antes de morir, y las doce sirvientas son colgadas en grupo, una muerte humillante y cruel que no encaja para nada con el héroe paciente del regreso. Esto ya no es control: es la mēnis de Aquiles desatada dentro de un espacio cerrado. Odiseo, el hombre que sobrevivió gracias a pensar, falla en su prueba final: volver al hogar sin traer consigo la guerra de Troya.
Y nada de esto pasa sin intervención divina. Atenea, que hasta ese momento representaba la metis, aparece en el clímax no para detener la violencia, sino para ajustarla. La diosa que enseñó a Odiseo a pensar termina siendo la que empuja su furia, asegurando que la venganza sea completa. Detrás del mendigo calmado siempre estuvo el guerrero de Troya, esperando una señal. Y Atenea, en vez de frenarlo, es la que le da permiso para actuar.
- Conclusión: El Nostros Imposible
El nostos de Odiseo, que parecía ser el centro de todo su viaje, termina convirtiéndose en una regresión. Sí vuelve a Ítaca, pero llega cargando la misma mēnis que marcó la guerra de Troya. Su incapacidad para contener esa violencia hace que el regreso se vuelva casi una copia del pasado que quería dejar atrás.
Kratos, en cambio, no intenta negar su historia ni borrarla; la lleva encima como un peso que tiene que aceptar, no repetir. Mientras Odiseo es arrastrado otra vez por su furia antigua, Kratos consigue integrarla como parte de sí sin dejar que lo controle. Y es justo en esa diferencia donde aparece el contraste del problema que Homero planteó hace casi 2,700 años: cómo volver de la guerra sin traerla al hogar. Odiseo falla en ese intento; Kratos, con dolor y esfuerzo, sí lo logra.
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